martes, 22 de octubre de 2019

Neblina


Por Isolda V. Casares 

Ilustración: Francisco Galárraga

La neblina sobrevuela la ciudad con la candidez del chal de abuela.
Algunos cuerpos agarran su espíritu 
pero otros no sueltan el disfraz

Te tapas los oídos, me cortas la palabra
como si al hacerlo mi alma no pudiera hablar
de la mano de las otras,
las que desde siglos me acompañan

Traspaso tus palabras vacías
mientras, hasta tus mentiras gritan por verdad

Me tapas la boca
el buen gusto no juega en la verdad

Llega el día en que por fin hasta los fantasmas como tu hacen su striptease
por fin los trapos y las bambalinas de su pobre universidad
saltan como esquirlas y dejan ver la esencia que hay detrás:
nada.


En la hierba seca se posan todos los ausentes
sus últimas miradas,
su último ímpetu fluorescente

En la hierba seca se recogen los anzuelos
las visiones de los trashumantes
Sus traiciones frescas
Sus certezas ciegas,
Sus sueños en desalojo

La tierra brilla cuando las estrellas no pueden abrigar
deja que tus rodillas se besen con las piedras
deja que tu semblante siembre la verdad
Para la tierra nueva tu pulsión errante es un árbol
un árbol de memoria nada más.

viernes, 18 de octubre de 2019

Ouija en la República del Agua Tibia #2

Por Estefan Vinueza


Sesión dos.

Tras las montañas, la tarde trae la noche y el tablero se enciende. La Ouija atraviesa como una lanza el ruido blanco del acontecer contingente.

Mientras toma lugar en esta mesa, la voz de Alejandro Carpentier me dice que después de un siglo de neo-coloniaje, el latifundio es mediático y las reacciones de los propietarios son las mismas que en el iluminismo colonial, tanto en las Antillas como en los Andes, no le sorprende que las luces de este siglo ahora son led y exclusivamente para el espectáculo y que éste haya mutado de la guillotina al reality.

Afuera, la Real Audiencia retoma posición, aletea de la mano del nunca jamás de la apropiación de la renta tecnológica y administra el guion “eficiente” de la quiebra económica como única opción subyugada a la transnacionalización periférica. Mientras tanto, la República retrocede cañada abajo sin aros de magnesio.

La certeza repta que la representación permite elegir a uno para una cosa y ser gobernados por otro para otra y por último olvidarnos de que iba el asunto, entre los comerciales, otra temporada  y el resto de la programación que salivando subasta y canjea las ventajas naturales por franquicias/espejito; para que así, la patria entubada respire la traquiotomía de la “vida civilizada” de los Estados raquíticos que, poseídos por la maquila, se deslizan entre las comisuras de la acumulación del capital global.

Entre el contractualismo sombi de Hobbes y la antipolítica que nos vende el imaginario de la autorregulación del mercado, la consigna es la disolución de cualquier noción de política. Individuos sin comunidad bajo un pacto social de sujeción electoral, forman filas en el minuto cívico de este año de elecciones bajo un aguacero de recetas y análisis del locutorio coyuntural programativo.

El tablero, sobre la mesa circular, se arruga y se alisa como un acordeón, mientras la lupa de la ouija se vuelve un todo terreno al retumbar un vaticinio tremendo desde el rostro barbado con lentes agudos de Bolívar Echeverría, quien irrumpe augurando, para la ciudadanía de la “Nación posnacional” en la “Vuelta de Siglo”: que Los ciudadanos miran su intervención en los asuntos públicos como una acción inútil, sin influencia en los acontecimientos de la vida real; los temas que se debaten en la política son cada vez más lejanos para ellos; las opciones electorales les resultan intercambiables; la actividad política en su conjunto se ha vuelto una escenificación aburrida, cuando no simplemente repugnante.

El café humea en los bordes del tablero al filo de la reflexión recurrente sobre la ciudadanía reducida, cada vez más, al ámbito privado en esta modernidad de individuos, nunca antes vista, hasta el siglo XV por el Leviatán. Desde allí en un acto de ilusionismo, el miedo primario a la muerte por el cual nos aniquilaríamos se trasladó paulatinamente al miedo al Estado, al orden jurídico normativo; y entre la alquimia y la razón instrumental, el miedo devino en elemento constitutivo de la relación entre gobernantes y gobernados.

La ciudadanía se configura en una danza subatómica entre la construcción del yo y el otro, gira en la licuadora de la patria, precedida desde la Grecia antigua, por la distinción entre el Bios y el Zoe. Aquello devino en un amasijo entre la conciencia de la Polis y la productividad social de los cuerp@s. Hasta el origami más íntimo se licuó en el remolino del biopoder democrático. Todo pautado en sujeción coreográfica por la violencia legitimada en el Estado moderno.

El “Bolo”, como le decían a Echeverría, respira sin sorprenderse porque ya lo sabía; no solo nos domestican, nos entretienen, nos usan o nos crían en el biopoder, sino que: ningún tema de nuestro tiempo resulta más incómodo de tratar que el de la violencia como instrumento de la política. Contemplar simplemente la posibilidad de su uso en la impugnación del establishment parece expresar no solo una desconfianza en la capacidad de la democracia liberal de ser el vehículo de una solución efectiva de la injusticia social, sino una disposición a deshacerse de la democracia moderna en su conjunto.

Entre tanto, pienso en el postulado de Enzo Traverso sobre cómo los prejuicios de raza y de clase de la sociedad occidental, convierten a los obreros y a las sociedades excluidas del aparato productivo industrial en los nuevos salvajes del otrora, ayer, mundo colonial; los otros, esos, nosotros, serviciales o no, los “del baja” del subibaja del orden global.

Pareciera que la lógica positiva del like de las, más que redes, telarañas sociales, aúpa el axioma: conflicto igual violencia y en apariencia nos eximen de la tensión, en tanto espacio y posibilidad de reinvención de nuestras diferencias. Nos marean de la oportunidad de democratizarnos en el  debate permanente en torno a sentidos en disputa como: la patria, la ciudadanía, la democracia, mientas que se impone el consenso orwelliano del emoticón: el símbolo de la verdadera violencia que invisibiliza el conflicto; una sola postura por sobre todas, modulando el sentido común universalista.

Una vez más la gobernanza biopolitica del buenismo de estado, tuitea y retuitea estadísticas de inclusión y asistencia social, juega una suerte de pantalla del fascismo monolítico de la política de la verdad global; la que describe la voz de Arlette Jequier, sonando, ya entrada esta noche espiritista, desde el “Infierno de los Payasos”: basura multicolor.., tú política me llama, es pornografía de derecha… mil y una noches de izquierda, veinte años de soledad, a cada uno con su drama a cada uno con su karma..; niños… llego el placer virtual…, la realidad virtual.., la muerte virtual..  https://youtu.be/n1d2UONlFlg

Necro-política virtual y corporal de los usos de todas las posibilidades del miedo como arma política de los regímenes y las ideologías: miedo al desempleo, al otro, a la pobreza, al terrorismo, miedo a tener miedo, miedo aquí en la República del Agua Tibia de la clase media a desclasarse perdiendo su último pacto de consumo electoral. Por ejemplo esos miedos que Mariana Enríquez relata en “Los Peligros de Fumar en la Cama”, miedos íntimos, que se complementan con la noción que nos traen los diálogos de Patrick Boucheron y Corey Robin de que Gobernar no es solamente suscitar emociones sino trabajar también en apaciguarlas.

Mientras hacen de las suyas globales y regionales: por una parte, la soberanía en tanto, el poder arcaico de decidir quien vive y quien muere, o mejor aún de dejar morir selectivamente; y por otra parte, la política de la guerra; al final tenemos necro-política pura y dura para el tercer y cuarto mundo por parte del Estado Privado indirecto. Ese Estado que en letras de Achille Mbembe, facilita mediante operadores privados locales en el tercer mundo, una economía de concesiones, hecha de monopolios lucrativos, contratos y acuerdos secretos y favores ilícitos, que interconectan sistémicamente, redes internacionales de traficantes e intermediarios extranjeros y los negociantes y tecnócratas locales. 
https://aphuuruguay.files.wordpress.com/2014/08/achille-mbembe-necropolc3adtica-seguido-de-sobre-el-gobierno-privado-indirecto.pdf

martes, 15 de octubre de 2019

Si te quedas en mi país

Enrique Verastegui
En mi país la poesía ladra
suda orina tiene sucias las axilas.
La poesía frecuenta los burdeles
                 escribe cantos silba danza mientras se mira
ociosamente en la toilette
                                      y ha conocido el sabor dulzón del amor
en los parquecitos de crepé
                              bajo la luna
                    de los mostradores.
Pero en mi país hay quienes hablan con su botella de vino
              sobre la pared azulada.
Y la poesía rueda contigo de la mano
                                          por estos mismos lugares que no son
lugares
para filmar una canción destrozada.
Y por la poesía en mi país
                          si no hablaste como esto
                                                           te obligan a salir
en mi país
                 no hay dónde ir
                                         pero tienes que ir saliendo
como el acné en el cascarón rosado.
Y esto te urge más que una palabra perfecta.
En mi país la poesía te habla
                                     como un labio inquietante al oído
te aleja de tu cuna culeca
             te filma tu paisaje de Herodes
y la brisa remece tus sueños
                            bajo la luna
                 –la brisa helada de un ventilador.
Porque una lengua hablará por tu lengua.
y otra mano guiará a tu mano
si te quedas en mi país.
https://youtu.be/Gj91X2LcA6g

Forrado de niño

por César Ramiro Vásconez 
A Esteban Tabacznik
Los psicópatas pregonan la empatía y la comunidad. El arte adhirió al catecismo de la sumisión; el marketing, la autoayuda y el managment, confunden al hambre con el deseo. Si la literatura se ha vuelto conservadora es porque la vida le fue extirpada. Una situación falsa solo dará frutos amargos. Decimonónica, romántica, poéticamente pura, no importa, Witold Gombrowicz (1904-1969) siempre podía arruinarla: “En lugar de servirse del arte, ustedes lo sirven y mansos como corderos, lo dejan coartar su evolución, hundiéndose en un infierno indolente”. La madurez censura a la juventud porque está menguando en la impotencia. Hay que estar muy equivocado para aleccionar. “La moral constituye en cierto modo el “sex-appel” del escritor”. Se la pone en práctica al hablar de otra cosa, la realidad es purificadora en su contundencia. “No me fio de la virtud nacida en la desgracia”, escribió Gombrowicz en su Diario (1953-1969,) cuando era más rápido para quitarles la comida a los perros de su vecino. “Para Nietzsche la moderación de nuestras costumbres es consecuencia de nuestro debilitamiento”. “El problema no consiste en que el artista tenga complejos sino en que pueda convertirlos en valores culturales”. Inmaduro e informe, Pepe Kowalski, treintañero sin ocupación definida, queda atrapado en Ferdydurke (1937) una pesadilla en la que tiene quince años otra vez. Pimko, el pedagogo, lo arrastra a la preparatoria del profesor Piorkowski. En el recreo, Kopeyda es violado por las orejas por Sifón luego de perder en un concurso de muecas; son las bocinas del fascismo retumbando desde los años treinta del siglo pasado hasta hoy. Pisotear al deseo, a la idea de posesión y territorio de los que miran impasibles. La víctima acaba volviéndose invisible, se levanta convertida en torturador, así accede a la adultez. Pimko lleva a Pepe a vivir con la familia Lejeune, moderna y progresista. Para ensuciarla, Pepe espía por la cerradura a Zutka, la hija de los Lejeune, lee las cartas de sus admiradores cuando ella no está. Zutka, la colegiala ultramoderna, deja un clavel dentro de sus tenis, baila sola sin camisón. “Al investir a los jóvenes y a las mujeres con una absurda plusvalía simbólica, — escribe Tiqqun en Primeros materiales para una teoría de la jovencita — al hacer de ellos los exclusivos portadores de los dos nuevos saberes esotéricos propios de la nueva organización social —el del consumo y el de la seducción—, el Espectáculo sin duda ha liberado a los esclavos del pasado, pero los ha liberado en calidad de esclavos”. “El desarrollo es el camino a la amargura degradante”. Contar los billetes fuera de circulación que luego serían quemados era una de las tareas de Gombrowicz cuando trabajó en el Banco Polaco de Buenos Aires. Escribió Trans-Atlántico (1952) a escondidas, la comedia del desertor. Ser pobre es ser doblemente extranjero. Llegó al café Rex diciendo que era conde, ofreciendo una genealogía de los desterrados, solamente porque es absurda. En la identidad no está el ser. No hay ocultamiento en la pose, la verdad aparece al afirmar su contrario. El desertor incita a otro joven para que se entregue a un puto más viejo. Es la “Filiatria”, el reino de los hijos liberados por el parricidio y el sexo. Sus compatriotas creen que es un degenerado: abjuró de la masculinidad porque en ella solo encontró cobardía, avaricia, rencor, impotencia; desistió del progreso económico porque ascender es aniquilarse y del espejismo del prestigio intelectual por verdadera ambición. La palabra Polonia puede ser cambiada por cualquier otra, sea Argentina, México, Ecuador, es decir, por ninguna parte. La literatura no está para resolver conflictos, sino para provocarlos. La comunidad polaca en el exilio se dividía entre quienes se ofuscaban con Gombrowicz y los que no se perdían las entregas de su Diario en la revista Kultura. Aunque sus ingresos como autor eran inciertos, renunció al banco en 1955. Entre volver a pasar hambre o los afanes amoratados por la ansiedad, optó por el vacío para reinventarse. Sin ocio no hay creatividad. No hay nada más fértil que perder el tiempo. Gombrowicz no tenía nada para vender, el arte no puede dar ganancias. “Hay un arte con el que se gana y otro por el que se paga; se paga con la salud, con la comodidad, etc.”. “En lugar de huir de la inmadurez encerrándose en un medio refinado; nunca comprenderán que un estilo verdaderamente universal es aquel que puede abrazar con amor a los seres poco evolucionados”. El universalismo de Gombrowicz difiere del universalismo liberal en su desacralización de la cultura: “Es que hay algo que no me satisface en la cultura. ¿Qué precisamente? Su excesividad. Es excesiva en su profundidad, su dramatismo, su responsabilidad, agudeza, seriedad. La cultura nos supera”. La inteligencia está muy próxima a la estupidez. “Toda erudición es y no puede ser otra cosa que seudo; (…) pues la erudición es por esencia ininteligente”. La pretensión revela inferioridad. Toda actividad intelectual es inevitablemente cómica. Gombrowicz menospreciaba la discusión sobre la técnica de la novela. “Para el artista la teoría constituye un falso problema, solo le interesa en la medida en que puede incorporarla a su sangre”. El pensador vuelve las cosas más sencillas de lo que eran. “Cuando me di cuenta de que la teoría no conduce a ninguna parte, me retiré a la vida práctica”. Violar las reglas es lo que completa su conocimiento. La calma antes del derrumbe en La pornografía (1960), Alemana invade Polonia y Witold y Frederich propician con aparente indolencia que Henia y Karol rompan con lo que se les exige y sucumban a la atracción. Cada movimiento es equívocamente erótico. “Cuanto más alejados estamos de la Forma más nos hallamos en su poder”. Considerar al cuerpo únicamente como una propiedad lo despoja de su valor. Reír es volverse invulnerable. El totalitarismo suprime toda posibilidad. Gombrowicz le contrapone su propia perversión, que no es infringir dolor y disfrutarlo; sino una liberación. Dejar de cargar un silicio a escondidas, desclavarlo de la piel, que cicatrice, se humedezca nuevamente. “Solo una acción directa es un verdadero escape del caos, es autocreación”.
“No quiero abismos, ni simas, solo una llanura”. Gombrowicz aborrecía la palabra “nosotros” porque lo diluía todo. Allí empieza su crítica al existencialismo y al marxismo, por su descredito del yo, reemplazado por una colectividad ilusoria. Lo que hace potente a la subjetividad de Gombrowicz es la contradicción, “Pero la contradicción, que supone la muerte del filósofo, es la vida artista. El arte nace de las contradicciones”. No se tiene opiniones, se tiene interlocutores. Quienes frecuentaron a Gombrowicz acabaron enfrentándosele, el desafío culmina en la adoración. En su Correspondencia (1972) con el pintor Jean Dubuffer, Gombrowicz, que se aburría en los museos, le dice que el cigarrillo es su arma contra la pintura. “Ahora bien, nuestra admiración por la pintura es la consecuencia de un largo proceso de adaptación que se operó durante siglos y por razones que muy a menudo no tienen nada que ver con el arte, ni el ingenio. La pintura creó a su receptor. Es una relación convencional”. En el arte todo debe ser verificado. Si se volvió tangible es que atravesó las fronteras de lo normal. Si alguien había dejado de frecuentarlo es porque lo estaba imitando. Los jóvenes mufados, también conocidos como Los Gombrowichidas, era el círculo de intelectuales lúmpenes que se reunieron alrededor de Gombrowicz: Juan Carlos Gómez, “El Goma”, Alejandro Rusovich, Jorge di Paola, Mariano Betelú, Jorge Vilela, se reencuentran en “Gombrowicz o la seducción” (1986), el documental de Alberto Fischerman. Al marcharse de Buenos Aires luego de 24 años, les dejó la orfandad para que se atrevan a ser. Quién de ellos lo conoció íntimamente. Quién de ellos pudo liberarse del peso de su sombra, eso lo que se enrostran. Lo imitan: “Si alguien te dice que fuiste mi discípulo, mandálo a la puta madre”. Cuando se es débil se es más auténtico. Terminan preparando compota, tal como hacia Gombrowicz para derrumbar a la depresión. El Diario de Gombrowicz es el único vínculo con la Argentina de un cineasta exiliado en Europa, en “Gombrowicz, la Argentina y yo” (2001) de Alberto Yaccelini recorre Buenos Aires antes del estallido de la revuelta del 2001. Varado definitivamente, Gombrowicz vive una segunda juventud en sus incursiones en el bajo Flores, en los alrededores de la estación de Retiro. Luego de la aparición de Ferdydurke pasó mucho tiempo sin escribir, amable y soberbio, la pobreza era un gozo. Su mirada sobre la Argentina es entrañable y acerada, pues solo lo informe es promisorio: “Aquí solo lo común es distinguido, solo el pueblo es aristocrático”. Antes de morir, inspirado en los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven, planeaba una obra de teatro con un solo personaje ante una mosca agonizando. Gombrowicz inventó una herejía: cuestionó el orden de una verdad en nombre de su esencia. La literatura suspende las funciones comunicativas del lenguaje, es bifurcar hacia lo incalculable: allí la conclusión es imprecisa ante la conjetura; el dictamen no ilumina como la duda. La novela es el lugar donde el sentido tiembla.

lunes, 14 de octubre de 2019

No hay verdad inferior

Por César Ramiro Vásconez

La literatura no es extranjera al trauma, de allí viene su significación, pues nada le es indiferente. Para Annie Ernaux, (Normandía, Francia, 1940) lo real nunca es visible inmediatamente; por ello la verdad no es un acto de posesión, es un movimiento. Dejar de cerrar los ojos ante la vergüenza, ante la agresión de la indiferencia; escribirlas para desencadenarse. Lo que no es considerado suficientemente noble para ser artístico, rompe con un esteticismo estéril. En un mundo anterior a la desindustrialización y a la paulatina abolición del trabajo asalariado, una familia de obreros de Normandía trata de salir de la pobreza, llegan a abrir una pequeña mercería en su ciudad. Las posibilidades para otra vida están cifradas en su hija. Annie y su familia se encuentran con la violencia silente del elitismo, ese es el núcleo de sus primeros libros. El Pavese de El bello verano (1949) o de La luna y las fogatas (1950), Pierre Bourdieu desmontando al elitismo cultural, Simone de Beauvoir como una revelación, le harán ver que excluirse del mundo es un privilegio. En La mujer helada (1981), una carrera universitaria, luego la docencia, pero constantemente bloqueadas por el matrimonio y la maternidad, desembocan en el absurdo y la angustia. Pero Annie ya está en el campo dominante; el precio, los grilletes invisibles de la alienación, y la escritura será su ganzúa, dúctil y acerada. La vergüenza (1997) arranca con la imagen que la ha seguido desde sus doce años: su padre tratando de matar a su madre en medio de una discusión. Nada vuelve a ser igual después de leer El acontecimiento (2000); su aborto clandestino cuando era estudiante y abortar todavía era ilegal en Francia.
¿Cómo narrar una vida como la de su padre, asfixiada por la necesidad? Un producto artístico o intelectual lo excluiría, incluso después de muerto. Todos sus esfuerzos fueron para que ella nunca se sienta desplazada como él, por su origen obrero y campesino. Aunque la diferencia entre el trabajo manual y el intelectual es falsa, su diferenciación es la base de la expoliación. Al usar las manos se piensa. Un movimiento corporal — cortar madera y martillar para una silla, cargar cajas, bailar — se produce en conjunción con la mente. Pero en el trabajo intelectual es más fácil hacer trampa. En el trabajo manual, el fraude es evidente si la silla no resiste al uso. “Puede ser que escribo porque no teníamos nada que decirnos”, dice la narradora. La elección de Ernaux es deliberada; un lenguaje aparentemente plano, pero cargado de complejidad. La sencillez es muy difícil de lograr. Ernaux escribe El lugar (1983) para vengarlo. Una forma es una mirada. Desde niña supo que su familia no era normal. En Una mujer (1987), su padre lava los platos y cocina, cultiva una huerta en el patio, tiende a la melancolía y la angustia, la lleva y la trae en bicicleta de la escuela, le habla en un patois que la avergüenza. Su madre es la ley y la serenidad, los corrige, administra el negocio, atiende a los clientes, va a misa, inicia a su hija en la lectura y la alienta en sus estudios. Esa es el recuerdo que no coincide con el de la mujer enferma de Alzheimer. “No puedo salir de esta oscuridad”, le escribe a su hija en un momento de lucidez. “En el metro, un chico y una chica se hablan con violencia y se acarician, alternativamente, como si no hubiera nadie a su alrededor. Pero es falso: de tiempo en tiempo miran desafiantes a los viajeros. Me digo que la literatura para mi es esto”. Si algo se puede fotografiar, no vale la pena escribir sobre ello. Diario del afuera (1993) — traducido brillantemente por Sol Gil — son las anotaciones de lo visto y escuchado en estaciones de tren, en el supermercado, al caminar por la calle, en las escaleras eléctricas de los centros comerciales, en los salones de clase. “Partir, partir ¿no estás contento dónde estás? Piedra que rueda no atrapa musgo”. Esos momentos que escapan a la prisa y al ensimismamiento, pero que son reveladores del malestar, del derrumbe. Narrar es bifurcar; desplazar los significados hacia un nuevo decir, la esterilidad de la línea recta es la publicidad.
1958, Annie tiene dieciocho años y va como monitora a un campo vacacional. Casi nunca se tiene un buen recuerdo de la primera vez. Si se trata de enterrar un recuerdo, un desvirgamiento fallido por ejemplo, más fuerte se vuelve. Memoria de chica (2016) cava en una ley sexual no escrita: Si se quiere descubrir el placer con intensidad, la iniciación suele ser el comienzo de un castigo. Solo se permite el deseo en la subyugación, la culpa y la dependencia. ¿Cómo funciona la exclusión en el patio de la escuela, en el campamento de verano, en los corredores de la facultad, y luego en la vida adulta? Las dudas iluminan más que un juicio. Para Ernaux “lo que cuenta no es lo que sucede, sino lo que hacemos con lo que sucede” (…). “En el fondo, solo hay dos tipos de literatura, la que representa y la que busca, ninguna vale más que la otra, salvo para aquel que escogió entregarse a una antes que a la otra”. Las memorias tienden a embellecer el pasado. La autoficción idealiza subjetividades que se considera únicas por su padecer, pero la apariencia niega toda alteridad. Carecen de piel, son la negación de la experiencia. La velocidad delata estancamiento y desesperación. Impotencia, rencor, autocensura; eso es el management al tratar de tomar el control de la dialéctica para vaciarla de significación. La literatura nada tiene que ver con la comunicación, es improductiva. Ernaux atraviesa su cuerpo, no hay biografía, sino la escritura como un proceso de demolición. Mientras más se habla de la violencia, más cerca se está de la belleza. “Quiero vengar a mi raza”, escribe Ernaux. Ernaux Annie, Diario del afuera / La vida exterior, Milena Caserola, Buenos Aires, 2015. Traducción de Sol Gil. Ernaux Annie, Memoria de Chica, Cabaret Voltaire, Madrid, 2016. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez.

domingo, 13 de octubre de 2019

Ouija en la República del Agua Tibia #1

Por Estefan Vinueza




Sesión uno.  

Ouija para los vivos que están muertos mientras invoco a los muertos que no pueden estar más vivos. Despotrico a intervalos, entre un café, la acera, el trámite y cualquier cosa. Porque quizá es imposible estar todo el tiempo en la nota exacta, en el sonido sin “hiss” o en la idea más elaborada del concepto acertado y su sentido intersectado con otros, que en resonancia amplificada se relatan. Se vuelve irresistible caer en la crónica noticiosa de la pútrida localidad patriótica y revolver, no solo el estómago, sino el relato que pretende, en apóstasis tecnocrática, la verdad objetiva de una realidad dispuesta desde lo post real. Sin embargo, emerge el entramado que entreteje todos los tiempos, la urdimbre de aquellas almas en blanco y negro de este pueblo, que antes de cualquier noción nacionalista como en un anhelo Nietcheano, gesta la identidad en la pulsión estética del conflicto, dando forma desde lo musical a la política; un plasma continental que impregna mi ADN. 

En mi reflexión más socio-histórica de pos-desayuno: debuta la mañana en el eco de las pisadas cabalgantes de El Jinete Insomne (1991) de Scorza, que acercándose, marca el compás de la legión de la memoria, y me pregunto: si no seremos todos contenidos en él, que obsesionados, vivos y muertos advertimos signos extraños en el agua, en el aire, en la normalidad asumida de cívica amnesia y auto complacencia ciudadana envuelta en una rara extrañeza de sabor neutro. Esos, nosotros, todos los que venimos a invocar las voces que resuenan, cada vez más fuertes, con el bombeo cardíaco que olfatea la indiferencia esquizofrénica de la figuración mediática incrustada en los oídos del electorado de moda. ..".¿Oyes el diapasón del corazón? Oye en su nota múltiple el estrépito de los que fueron y de los que son./ Mis hermanos de todas las centurias reconocen en mí su pausa igual, sus mismas quejas y sus propias furias. Soy la fronda parlante en que se mece el pecho germinal del bardo druida con la selva por diosa y por querida…, así suena la voz del poeta López Velarde en esta mañana espiritista al son de su corazón que se desprende, en resonancia, para sacudir las orejas del síndrome de academia adquirido al servicio de la magazzine programativa. Otorgar solemnidad al caos es obsecuencia funcional, digo yo, mirando este tiempo en el cual la tecno política se viste transparente y la literatura, desde su mausoleo de aspiración editorial, no sabe para quién trabaja. Pero Manuel lo sabía, pienso, Manuel Scorza el segundo en llegar a tomar un café frente a esta mesa circular sobre la cual yace un tablero de Ouija con diseño sur continental. Posamos las manos sobre la lupa móvil señalando en movimiento el laberinto de las letras de los tiempos y las palabras que nunca fueron letras entre la selva y la montaña, entre la iglesia y el dialecto del humus del lenguaje. Apenas Scorza posa su dedo sobre el tablero deja de ser invisible para los vivos, los que aún no están muertos: “Garabombo el invisible”, el hombre al que nadie quería ver porque nadie quería escuchar sus terribles reclamos acerca de las masacres y desigualdades del sin tiempo que encierra el derecho a la tierra campesina, el mismo que se convertiría en el revolucionario invisible. Como en un holograma matutino, también toma lugar en esta mesa el Nictálope: aquel caso extraño entre la ficción y la realidad política que denuncia, desde el mito, masacres campesinas en la década del sesenta andino. El que logró a través del eco universal de una novela: “Redoble por Rancas” liberarse de su condena injusta a 21 años de prisión, en una cárcel perdida en la Amazonía peruana. La presión de la literatura sobre un hecho de la realidad política se plasmó mediante una orden del presidente Velasco Alvarado y en complicidad histórica con su autor literario, que en persona lo liberó. https://www.youtube.com/watch?v=wSAubBLge1s Raimundo herrera “el jinete insomne”, que completa esta triada, afirma que no son solo 250 años que cabalgó midiendo sus tierras para demostrar el derecho comunitario de su gente a ellas, como en la novela, sino que aquella empresa errante continúa desafiando a esa política reducida a la representación y las instituciones del Estado, esa que será desbordada por siempre desde lo político que sí encarna el anhelo y la necesidad colectiva de lograr lo imposible. Pongo mi atención otra vez en el acontecer programativo para tratar de sacar algún elemento de análisis y me encuentro con todo sampleado, retaceado en el refrito post-neo cualquier cosa, “pónme like” del frenesí clase media del titulaje. La batalla es de ideas dicen, y de malas ideas digo yo: slogans, líneas discursivas, frases hechas. Lo cierto es que cualquier aspiración altruista está fuera de moda entre recovecos post-estructuralistas. Descabezados deambulamos por las veredas apuradas, chapoteamos en la “insoportable levedad del ser” de la compartimentalización de las causas y segmentación del mercado con su respectiva ley, organización no gubernamental, día internacional otorgado y re tuiteado, su derecho consagrado y consigna. Tod@s normalizad@s desde el consumo nos asentamos en el sentido común del derecho a la propiedad.

La brújula de la Ouija se ha detenido bajo las miradas cómplices entre mis contertulios y yo, esta vez con el retumbar potente de estas letras: "Yo tiraría a la basura el noventa por ciento de las obras sociológicas y guardaría la novelística. Nadie pintó mejor Brasil que Euclydes da Cunha en Los Sertones y Gilberto Freire en Casa Grande y Senzala. Nadie enseñó tanto sobre Bahía como Jorge Amado”. Y también: “¿Qué sería Inglaterra sin Shakespeare?"; es Darcy Ribeiro, que nos trae oxígeno burlándose del complejo de superioridad, que asimilado por el discurso académico colonizador, busca obscurecer al lenguaje. Aquella conciencia enlatada que denunciaba Oswald de Andrade en su manifiesto antropófago, y contra la que había que luchar, se ha tomado todos los espacios, nos alerta. El negro Pitum nunca fue sujeto político del siglo XXI, ahora está endeudado, se ha dejado una discreta melena y va vestido de pragmatismo monetarista, en el mejor de los casos, luchando por causas nobles del “buenismo” democrático. Sin embargo, a la utopía salvaje, la que está afuera del marketing, como si en el post siglo XX fuera posible, Luca Prodan llega y le dice: ...Un tornado arrasó a mi ciudad a mi jardín primitivo.., un tornado arrasó a Tú ciudad a tu jardín primitivo.. pero no.. mejor no hablar de ciertas cosas… .
https://www.youtube.com/watch?v=-hGUyebsf60

Vent d'ouest - Jean-Luc Godard

https://www.youtube.com/watch?v=IO5Y6wlPn5k