Por Isolda V. Casares
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| Ilustración: Francisco Galárraga |
La neblina sobrevuela la ciudad con la
candidez del chal de abuela.
Algunos cuerpos agarran su espíritu
pero otros no sueltan el disfraz
Te tapas los oídos, me cortas la palabra
como si al hacerlo mi alma no pudiera
hablar
de la mano de las otras,
las que desde siglos me acompañan
Traspaso tus palabras vacías
mientras, hasta tus mentiras gritan por
verdad
el buen gusto no juega en la verdad
Llega el día en que por fin hasta los
fantasmas como tu hacen su striptease
por fin los trapos y las bambalinas de su
pobre universidad
saltan como esquirlas y dejan ver la
esencia que hay detrás:
nada.
En la hierba seca se posan todos los
ausentes
sus últimas miradas,
su último ímpetu fluorescente
En la hierba seca se recogen los anzuelos
las visiones de los trashumantes
Sus traiciones frescas
Sus certezas ciegas,
Sus sueños en desalojo
La tierra brilla cuando las estrellas no
pueden abrigar
deja que tus rodillas se besen con las
piedras
deja que tu semblante siembre la verdad
Para la tierra nueva tu pulsión errante es
un árbol
un árbol de memoria nada más.

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